jueves, 14 de julio de 2011

August Strindberg; un fermentado.

Los hombres están llenos de suficiencia y tienen confianza en ellos mismos.
Después viene un golpe inesperado y ven entonces que tienen necesidad
los unos de los otros. Seamos sinceros entre nosotros, e indulgentes.
Le dijo su padre a Johan.

                                                                                                   “El hijo de la sierva”.




Si en la literatura de Selma Lägerloff, se encuentran alusiones constantes a las bellezas naturales, las costumbres folclóricas nórdicas y de su maravilloso e impoluto “Folk” (Pueblo), algo por lo que fue reconocida y admirada hasta la exaltación, todo lo contrario ocurrió con August Strimberg (1849-1912)

Fue el primer escritor sueco que “despellejó” implacablemente la sociedad y la idiosincrasia sueca, dejándola en carne viva y viviseccionada, inaugurando “una nueva era, critica, cáustica y superrealista en la literatura sueca”.

En 1882 se enfrenta a su primera gran polémica, con la publicación de su novela satírica “El nuevo Reino”. Ataca a un reconocido historiador sueco y al estamento político. La reacción que provoca le obliga a marcharse de Suecia. Sin que lo abandonen las penurias económicas recorre Francia, Suiza, Alemania e Italia, junto a su esposa Siri. El acoso a que se vio sometido durante años alimentó la paranoia que lo acompañaría el resto de su vida. Se sintió siempre acosado y perseguido, hasta el desgaste.
Su primera colección de relatos, Giftas (Casados, 1884), le valió la acusación de blasfemo y aunque quedó absuelto del supuesto delito, nunca pudo recobrarse totalmente del golpe recibido. Esta situación se agrava con sus obras; El Padre, El hijo de la Sierva, La Señorita Julia, Fermentado, Paria y Acreedores. Toda una artillería, que la burguesía, los socialistas, los movimientos feministas, y algunos otros etcéteras no le perdonaron.
Escribió siempre lo que su corazón y la inspiración le dictaron, sin importarle, que gracias a ser un rebelado, no tenía un centavo en el bolsillo. ¿Le iba a dar la corona un estipendio vitalicio con semejante currículo? Jamás. ¿Le iban a otorgar un premio Nóbel como a los complacientes arbetsförfattare Martinsson y Johnsson o la paradisíaca Lagerlöff? Jamás. ¿Va a estar en el corazón de sus coterráneos, incluidas las futuras generaciones? Jamás. De eso ni hablar, aun cuando se ha comenzado, de muy poco tiempo a esta parte, a recuperar su figura.
Era demasiado ya, seguir ocultando su dimensión como dramaturgo, como el más grande loco y bohemio escritor de Escandinavia, como quién, mejor a retratado a través de su literatura, las miserias de este pueblo, como las de cualquier pueblo. Lo mismo que hizo después en el cine, otro “machacado” por los poderes y del que muchos suecos no quieren ni oír hablar; Igmar Bergman.
Hay regiones del mundo donde ser contestatario, se paga con la muerte, en otros con la cárcel o el ostracismo y en otros, más “civilizados”, jamás te golpearán, ni te insultarán acaloradamente, ¡Qué va! Eso es salvajismo tercermundista. Hay otras maneras de desdeñar tu talento, tu obra, tu arte; Ignorándolo. Es más, no existe. Qué pasará cuando estén frente a ti. Lo que dice el viejo refrán; Se harán los suecos. Si no pregúntenselo a Jan Guillou, aunque eso sí, con él no se hicieron tanto “los suecos” y fue a parar de cabeza a la cárcel por escribir lo que “no debía”.

Yo he leído en castellano una parte de las obras de Strindberg, incluido su relato más tierno dedicado a los niños; “El viaje de Pedro el afortunado”. Es verdad que hay cosas muy fuertes o ataques innecesariamente crueles. Es irrefutable que fue misógino,  esquizofrénico,  egocéntrico… pero bueno, y qué.

Por; Carlos Bretón.

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